Una rosa en el desierto Despierta Chile

Una rosa en el desierto

Orlando Sáenz: "Es demasiado evidente que la más urgente y necesaria reforma que le conviene a Chile es la del propio Estado. Pero es la más improbable porque no le conviene a nadie de los que detentan el poder...".

Debo comenzar confesando que reconozco filas en el enorme ejército de chilenos que no abundan en entusiasmo por la labor y calidad del gabinete que acompaña a la señora Bachelet en su desmayado gobierno. No obstante, en el desolado paisaje de su mediocridad asoman, muy de tarde en tarde, actitudes sensatas que, como rosas en un jardín japonés de piedras y arena, lucen más hermosas que nunca por su contraste con la aridez del entorno.

Una de esas rosas fue la declaración del ministro Valdés, hace unos pocos días, de que no tenían recursos ni capacidad de gestión para implementar más allá las irresponsables reformas que la Mandataria sembró cuando se trataba de obtener el respaldo electoral suficiente para construir la retroexcavadora que ella y su Nueva Mayoría anhelaban.

A lo largo de más de medio siglo de observación política, he oído a muchos ministros de Hacienda decir que "no hay recursos para...", pero nunca había escuchado a uno que agregara la idea de que, si los tuvieran, no tendrían capacidad para gestionarlos. Con esa confesión, asombrosa en un político chileno, el ministro Valdés denunció el principal obstáculo que bloquea el progreso de Chile: la ineficiencia y lo oneroso del aparato operativo del Estado. Esa declaración es asombrosa especialmente por provenir de un ministro de un régimen que no hace otra cosa que pedir más atribuciones cuando es incapaz de gestionar ni siquiera las excesivas que tiene.

Que la administración pública chilena es deficiente, cara, hipertrofiada, desmotivada y crecientemente corrupta es algo de lo que la mayoría de los chilenos estamos plenamente conscientes. Lo que es más difícil de detectar es por qué hemos llegado a estos extremos y por qué nadie hace nada para corregir una situación que es un verdadero tapón para el progreso del país. En el ánimo de ayudar a comprender la razón de que no se trate un mal que todos ven, adelanto algunas verdades dolorosas.

En primer lugar, porque el aparato del Estado es el "coto de caza" de los partidos políticos en el gobierno, del signo que sean, para acomodar a su clientela electoral y para extraer recursos destinados a su lucro y financiamiento. Para ilustrar esto con un ejemplo actual, la señora Bachelet ha incorporado más de cien mil supernumerarios a las planillas de pago del Estado y no hay día en que no cree una nueva comisión, mesa de diálogo o asamblea tan inútiles como gravosas, y cuyo único mérito es crear nuevas plazas para sus áulicos.

En segundo lugar, porque el organigrama de la administración pública chilena es tan malo y anacrónico que está lleno de organismos contradictorios entre sí, de funciones difusas y perfectamente inútiles. Existen en el mundo excelentes empresas capaces de generar organigramas ágiles, potentes, actuales y altamente tecnificados, que podemos estar seguros diseñarían para Chile una estructura de Estado que, con menos de la mitad del personal actual, sería mucho más eficiente y controladora de la que ahora tenemos.

En tercer lugar, en la situación actual se designan con criterio político casi todos los cargos que son claves para el eficiente funcionamiento de entidades que requieren gran calidad profesional a nivel ejecutivo. Si Codelco, que es la única empresa chilena visible en el mapa del mundo empresarial, fuera una empresa privada, la contratación de su máximo ejecutivo sería fruto de un escaneo internacional a cargo de media docena de los head hunters más calificados. Cuando el cargo se llena a dedo entre los conocidos de un Mandatario que no conoce la complejidad de la industria, un desempeño excelente sería cosa de un milagro, y los milagros son de rara y muy poca frecuente ocurrencia. Y lo dicho para Codelco es igual para otra caterva de cargos de ejecutivos cuya sola lista explica por qué el Estado es tan pésimo empresario.

En cuarto lugar, porque en el interior de la administración hay gremios empoderados que, además de servir mal y sin ninguna mística, se han acostumbrado a atropellar todas las leyes y todo estatuto administrativo para, tomando como rehén a la ciudadanía que precisa de su trabajo, extorsionar a gobiernos débiles y sin voluntad política con el fin de obtener ventajas y más prerrogativas. Sería inútil citar ejemplos de lo que afirmo porque todos los conocemos, los sufrimos y los repudiamos.

Por todo lo señalado es demasiado evidente que la más urgente y necesaria reforma que le conviene a Chile es la del propio Estado. Pero, al mismo tiempo, es la más improbable porque no le conviene a nadie de los que en Chile detentan el poder. Por eso es casi un tema tabú, lo que hace todavía más asombrosa la acotación del ministro Valdés. Que este régimen tenga un ministro que se atreve a decir "no tenemos recursos ni capacidad de gestión" es algo realmente extraordinario. Es de imaginar que, a estas alturas, solo lo sostiene el desprestigio del régimen, porque alguien que le cree a la aritmética y es capaz de ver la realidad a través de las nubes de opio en que se mueve La Moneda es verdaderamente una " rara avis " o, más bien, una rosa en el desierto.

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