Vigencia y sentido de la Batalla de Yungay Relevantes

Vigencia y sentido de la Batalla de Yungay

VivaChile.org Joaquín Muñoz López 

Cuando el sargento José Segundo Alegría clavó nuestro pabellón nacional en la cima del Pan de Azúcar en aquel lejano y olvidado 20 de enero de 1839, no sólo marcó el término de una guerra y la derrota del Mariscal Andrés de Santa Cruz. La victoria de Yungay es un antes y un después en la vida de nuestro pueblo y nuestra patria: es el éxito alcanzando en la primera tarea que Chile se impuso a sí mismo siendo un Estado independiente. Fue, lisa y llanamente, el triunfo de la idea de un país único para todos. Se trató de la toma de conciencia de que ya no se era un conjunto informe de grupos, sino de elementos de un todo. Sin duda, esto se debió al genio político del gran ministro don Diego Portales, quien fue capaz de terminar con el caudillismo y organizar una república, el célebre Estado en forma portaleano.

Son muchos los puntos de vista desde los cuales podemos abordar este glorioso acontecimiento, aplicándolos al presente. Uno sería reconocer lo importante que han sido las concepciones portaleanas. Una idea simple y efectiva: un Estado unitario, un Ejecutivo fuerte y gobernadores modelos de virtudes y patriotismo. Desgraciadamente, la historia nos ha demostrado que esta “columna vertebral de nuestra organización republicana” no ha sido valorada adecuadamente; no es casualidad que sea respetada por los buenos gobiernos y no, por los malos. Sin embargo, hay políticos que insisten en eliminarla.

El debilitamiento del Estado unitario puede provocar innumerables movimientos regionalistas. Bastaría un caudillo elegido intendente –que habrá muchos– para que una crisis como la de Aysén no se solucione, sino hasta que el gobierno central conceda todo; luego vendría otra región bajo el principio de “si a ellos les resultó por qué a nosotros no” y así sucesivamente. Lo que necesitan las regiones no es el “pan y circo” de las elecciones de intendentes, por el contrario, lo que exigen son intendentes comprometidos y virtuosos, algo más fácil de conseguir con designaciones bien hechas. Además, todos sabemos que las candidaturas serán designadas desde Santiago, tal como sucede con las candidaturas al Congreso. Cabe preguntarse por qué tanta preocupación por la representatividad de las regiones, si quienes plantean esto, quitaron como requisito que el congresista sea de la zona que representa y que su cargo sea irrenunciable.

Cada día la sociedad se complejiza más, por ende, los grupos de presión son más variados. ¿Puede el Estado enfrentar este fenómeno con un Ejecutivo que tenga pocas atribuciones? Doblemente lapidario es que nuestro sistema electoral sea proporcional, y no mayoritario, y que se haya bajado el porcentaje de votos para que exista un partido; todo en aras de la “representatividad”. Ya hemos tenido malas experiencias al respecto. El gran politólogo Giovanni Sartori pone al sistema atomizado que teníamos en los años 60 y comienzos de los 70 como ejemplo de lo que no debe ser un sistema de partidos políticos. Además, las grandes democracias están llenas de distorsiones de la voluntad popular.

Sobre virtudes y patriotismo de los gobernantes, lamentablemente, basta con decir “sin comentario”.

No obstante a lo antes mencionado, el mensaje que nos da la victoria de Yungay tiene que ver más con la nacionalidad. Nace el sentido de ser chileno por sobre cualquier otra diferencia. Tal vez a ello se deba la alta valoración que adquirió el hombre común y corriente, el ”roto chileno”. La Revolución de la Independencia tuvo a súbditos de un mismo rey peleando entre sí, por lo tanto, no podía destacar un grupo en particular; ambos bandos tenían la misma variopinta gama de integrantes.

Hacia 1839, ya existía el concepto de patria, de hecho, la Guerra contra La Confederación Perú-Boliviana se libró por la sobrevivencia de Chile. Lo que no existía en plenitud era el concepto de pueblo chileno; baste recordar que muchos cargos públicos importantes eran ocupados por extranjeros.

Resulta crucial aclarar que aquí la palabra “pueblo” no tiene la negativa y odiosa connotación marxista de la lucha de clases. Se acerca a la tesis de Johann Gottfried Herder: “existe tan sólo una clase en el Estado, el pueblo, y el rey pertenece a esta clase igual que el labriego”. En nuestro ejército estaba presente toda la sociedad chilena; no había distinciones odiosas.

El legado de Yungay radica en la unión férrea de dos conceptos trascendentes y fundamentales: patria y pueblo.

La patria –la tierra del padre– representa una identidad cultural, las tradiciones, la espiritualidad, etc., lo que se hereda de los ancestros. Da arraigo y sentido de pertenencia. Se trata de una entidad trascendente que pertenece a las generaciones del pasado, del presente y del futuro, por lo que es el elemento unificador de éstas. En otras palabras, comparten la misma nacionalidad.

Por su parte, desde la perspectiva de este artículo, el pueblo es la gente que se une entorno a una misma patria. Sin este componente demográfico, nada tendría sentido. Son las personas que con sus esfuerzos engrandecen un país y por patriotismo lo dan todo si es necesario. Por ello, es fundamental cuidar sus usos y valores; quienes están en condiciones de liderar su país deben hacerlo con sabiduría y generosidad, así sus compatriotas podrán engrandecerse ellos y a su patria.

#04-foto-2Siguiendo la idea anterior, una muestra de esta unión fue que el magnífico Himno de Yungay, obra de don José Zapiola y don Ramón Rengifo, se cantaba a continuación de nuestro Himno Patrio. ¿Qué pasó entonces? A petición del gobierno peruano se dejó de cantar, otro “gran acierto” de nuestra diplomacia.

Hoy, el “Día del Roto Chileno” pasa sin pena ni gloria. Tiene una simbólica ceremonia en la Plaza Yungay; debería ser un feriado nacional. Es una ocasión ideal para reafirmarnos como nación, pero está corriendo la suerte de todo lo contrario al progresismo reinante. Ejemplo de esto es que se haya reemplazado el “Altar de La Patria” por la “Plaza de La Ciudadanía”, dejando de lado todo el significado trascendente de la aquella por superficialidad de ésta.

Himno de Yungay

Coro

Cantemos la gloria
del triunfo marcial
que el pueblo chileno
obtuvo en Yungay.

I

Del rápido Santa
pisando la arena,
la hueste chilena
se avanza a la lid.
Ligera la planta,
serena la frente,
pretende impaciente
triunfar o morir.

II

¡Oh, patria querida,
qué vidas tan caras,
ahora en tus aras
se van a inmolar!
Su sangre vertida
te da la victoria;
su sangre, a tu gloria
da un brillo inmortal!

III

Al hórrido estruendo
del bronce terrible
el héroe invencible
se lanza a lidiar.
Su brazo tremendo
confunde al tirano
y el pueblo peruano
cantó la libertad.

IV

Desciende, Nicea,
trayendo festiva
tejida en oliva
la palma triunfal.
Con ella se vea
ceñida la frente
del jefe valiente
del héroe sin par.

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