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Y no, y no, y no Gonzalo Rojas

Y no, y no, y no

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Hay gente que se acostumbró a decir que no.

Como si el arcoíris aquel del 88 les hubiese cegado la vista, como si les hubiese impedido toda mirada positiva.

En los últimos días, esa negación se ha encarnado en dos consignas de amplia difusión y masiva convocatoria: "no más AFP" y "no al reajuste propuesto por el Gobierno para el sector público".

Los No del primer movimiento fueron múltiples el viernes pasado: "no vayas a clase, no mandes a los niños al colegio, no uses transporte público, no compres, no hagas trámites, no vayas a trabajar...". El segundo grupo fue más sencillo, pero no menos directo: "no aceptaremos un reajuste miserable", consigna respaldada por el unánime rechazo parlamentario, ese insólito No a la proposición gubernamental.

Y no, y no, y no.

Pero, ¿hay algo de positivo detrás de tanto no?

Si se quiere encontrar una fuerza, un motivo, una afirmación, si se quiere ir sinceramente al grano de tanta negación, no queda otra que reconocer la motivación última de esa negatividad: el egoísmo.

Sí, el egoísmo, porque la energía que despliega este vicio es fuerza potente, por devastadora que sea.

En el nombre de la solidaridad previsional, los organizadores de la revuelta se niegan a todo diálogo, a toda mejoría del sistema, a toda negociación civilizada; y, a su vez, en el nombre de la calidad del servicio público, los gestores del paro de funcionarios se niegan a la aceptación de sus responsabilidades, así como de sus deficiencias, sus limitaciones y su precariedad. Los primeros se creen, por definición, dueños de la ciudad; los otros, por trayectoria, se consideran soberanos en un Estado al que cuidan como un botín.

El egoísmo es la fuerza motriz, aunque disfrazada de un cuanto hay, vestida mitad de ideales, mitad de necesidades.

¿De dónde viene todo esto? Del No del 88.

El No del 88 dejó sentadas las bases de una actitud vital para varias generaciones hacia adelante. Fue un rechazo tan radical y que prometió tantas alegrías a cambio que dejó una impronta casi indeleble. Ese tipo de señales marcan, queman la piel, se transmiten en el ADN político. Y así ha sido. Desde el 90 para acá se han multiplicado los No: no más LOCE, no más senadores, designados, no a las represas, no más binominal, no más educación particular subvencionada, no más austeridad fiscal, no más tareas para la casa, no más protección de la vida antes de nacer, no más subsidiariedad, no más Dios en el Congreso. No más. En todos los ámbitos, con muy variadas densidades, no más.

Y vendrán tantas otras de estas campañas, porque la energía del No es la fuerza incontenible de la ley del menor esfuerzo, de la ley de la trampa para cada norma, de la ley por la que cada día las cosas pueden ser peores. Sic dixit Bachelet.

Nos esperan entonces los nuevos No: No al Banco central autónomo; No a las universidades de propiedad privada; No a las concesiones en obras públicas; No a la presencia de la fe en la ciudad; No a los medios de comunicación "en manos de la derecha". Esta sí que es cascada.

Por cierto, poco se saca con la sola denuncia del egoísmo y de sus negaciones. El que realmente quiera revertir esta tendencia a lo negativo no tiene más opción que pensarlo todo en positivo, que idear uno y mil proyectos que despierten esa generosidad que sigue existiendo en potencia, incluso dentro de cada egoísta, por anquilosado que esté.

A casi treinta años del triunfo del No, sus fuerzas están desatadas y no hay cómo detenerlas si no se las denuncia en todo su radical egoísmo, si no se las enfrenta con proyectos de auténtica humanización, de superación de todas las pobrezas (de entre las cuales, el egoísmo es de las principales y peores).

Y no les echen la culpa a los que habitualmente han preferido el Sí.

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