Argentina: el embrión de la desobediencia civil

Argentina: el embrión de la desobediencia civil

Al aproximarse hacia el día número cien de una cuarentena que se percibe eterna, el quebranto compartido por aquel obscuro DNU confinador del Presidente Alberto Angel Fernández ha terminado por evidenciar una amplificación exponencial no ya del vector nCOVID-19, sino de pobreza, desempleo, clausuras masivas de comercios minoristas y, acaso como más gravosa consecuencia llamada a acentuar todo desperfecto, el consabido derrumbe de la recaudación de impuestos y tributos en todo distrito del país -sin excepción. 
 En el meduloso contexto de extendida ruina económica, las aparentes buenas intenciones del jefe de Estado fenecen hoy en una discusión anecdótica y marginal, a la luz de los macabros resultados. En sus recurrentes arrebatos, Alberto Fernández confiesa no solo una indisimulable impotencia, sino también que carece ostensiblemente de plan de salida. Lo que otrora no pasaba de sospecha o de evidencia circunstancial, hoy es prueba concluyente: el Estado Nacional ha decidido particionar en cómodas cuotas el pago de aguinaldos para empleados estatales con salarios brutos superiores a AR$ 80 mil. Poco después, hasta el jefe de gobierno porteño Horacio Rodríguez Larreta suscribiría a la ominosa iniciativa. En cualquier análisis de superficie, emerge la obvia transitividad: si el confinamiento eterno contribuyó al desmoronamiento del aporte impositivo desde el sector privado, y ello ha repercutido en el retaceo de aguinaldos, necesariamente el sueldo nominal mensual de todo empleado estatal se verá también comprometido, a futuro.

A la postre, la inmediata conclusión arribará a un único, inevitable puerto: cuarentena mediante, el Presidente de la Nación no solo aniquiló el poder adquisitivo de todo asalariado del país en términos de dólares estadounidenses -vía brutal devaluación- sino que, en el ínterin, ha demolido la capacidad contributiva de la ciudadanía. Poco después, la matriz de ingresos de la Nación, las provincias y sus innumerables distritos reconocer no contar siquiera con fondos suficientes en pesos devaluados para destinar al payroll del staff público esencial y no esencial.

Puesto en limpio, Alberto Fernández casi parece abrazarse hoy a los más fervientes postulados liberales que arengaban, con recurrencia, a extenuar financieramente al Estado y a sus personeros de envidiable calidad de vida e incomprobable productividad. ‘Ni Cavallo se atrevió a tanto‘, citó el hiriente eslogan planteado en los flyers del sindicato de Judiciales, liderado por Julio Piumato. Incidentalmente, en un pasado no tan remoto, el actual presidente supo ser el primer confidente de Domingo Felipe. Algunos se atreven incluso a sugerir que, por estas horas, Cavallo oficia de consultor en las sombras para el atribulado Fernández. Otras mentes igualmente suspicaces, mientras tanto, centrarán su atención en un texto de reciente publicación, en donde el ex titular de Hacienda llama a poner fin al tambaleante peso argentino, para reemplazarlo con una canasta de moneda dura a base de dólares y eurosErgo, no sería extraño que gremios afines al cristinoperonismo comiencen a suscribir al renacer de viejas teorías conspirativas: ¿trabaja cierto sector de la dirigencia política para, subterráneamente, destruir a la sufriente moneda nacional y emitir de una vez por todas su esperable certificado de defunción?

A modo complementario para esas teorías, será lícito consignar que el inédito proceso de destrucción económica propiciado desde la Casa Rosada y la cofradía de ‘expertos‘ epidemiólogos ha herido de muerte -mediando el estrangulamiento de La Caja– a todo proyecto político individual que miraba a las elecciones legislativas de 2021. No hay campaña sin recolección de impuestos; menos la habrá cuando al Estado Nacional no le alcanza ni con el dinero espúreo que imprime.

En otro apartado, la dimensión del extravío oficial gana fuerza y empuje cuando Alberto Fernández -acaso explorando algún respiro temático que pudiere morigerar la recalcitrante información diaria que refiere al coronavirus- decidió embarcarse en el Titanic Vicentín. Quebrantando la más fundamental regla de oro de la política, el Presidente se metió de lleno en otra batalla perdida. Mientras la invectiva confiscadora de la cerealera se diluye, no hay salida de emergencia a la vista para Fernández, en razón de que un juez de provincia se aprestó a intervenir. Y la justicia -para bien, o para mal- todo lo ralentiza. Peligroso precedente para el ex jefe de Gabinete de Néstor Carlos Kirchner: al parecer, hoy, cualquiera se le atreve.

Quizás en tal virtud, el Presidente se inclinó por refritar la fractura social y la politización sanitarista de la cuarentena, proponiendo un caprichoso retorno a fases de cumplimiento más estricto. Lo interesante es que la maravillosa idea de apretar el torniquete del confinamiento lo asaltó pocas horas después de acontecido el masivo ‘Banderazo Nacional’ del próximo-pasado 20 de junio; como si su agenda le exigiera penalizar preventivamente cualquier réplica de movilización ciudadana, frente a un 9 de julio que carga.

Esta es la reflexión que acosará próximamente no solo a Fernández, sino también al colectivo de la dirigencia política, en un horizonte no tan lejano: muchos se preguntarán hasta qué punto Alberto Angel fogoneó el definitivo descreimiento de los ciudadanos frente a sus representantes. La arista probablemente más atendible del incipiente prolegómeno de desobediencia civil remite a la toma de conciencia de ciertos sectores sociales -particularmente, sectores medios-, en el sentido de que deviene en un imperativo moral defenderse desde la tajante resistencia a seguir tributando más impuestos, frente a un liderato dirigencial confesamente disfuncional, prepotente, despilfarrador, autoritario y suicida.

Irónicamente, la creciente furia de sindicatos e intendentes peronistoides que empiezan a verse azotados por la reducción de sus cajas, podría eventualmente construir una indeseable sinergia antigobierno con la irritación ya exteriorizada por las clases medias y el agro.

El Presidente es hoy protagonista de una frenética carrera contra el reloj y el almanaque.

Infortunadamente para él -y para millones de argentinos-, en ocasiones parece enfrascado en un desbocado galope contra sí mismo.

Matias E. Ruiz

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