El momento destituyente

El momento destituyente

«Destituyente”: la palabra no existe en el Diccionario de la Real Academia, pero se difunde a chorros en el léxico de la insurgencia nacional.

La usan algunos ideólogos que no necesariamente han estado en el origen directo de la violencia, pero que sí la han apoyado desde el 18 de octubre y que, además, la validan a futuro.

Mesina, Castillo, Claude, Jadue: cada uno con su afiliación, cada uno en su estilo, pero todos en la senda de lo destituyente.

Lo destituyente es una mirada por completo superadora del Rechazo y del Apruebo. No es solo el apoyo a la violencia formal, sino la promoción de toda una contracultura en la que el 15 de noviembre y el 26 de abril son datos anecdóticos, unos efímeros y banales intentos por lo constituyente.

“Hemos dejado el momento de ‘gobernar’ y hemos dado paso al momento de ‘inventar’. El ‘momento destituyente’ no es más que el estallido de imaginación popular que ocupa las diferentes calles, pero que no calza jamás con su espacio ni con su tiempo: no tiene lugar en los mapas vigentes (el pueblo como potencia no aparece consignado por la Constitución), ni tampoco habita la época en la que acontece, porque promete una enteramente nueva. En este sentido, no puede más que arremeter enteramente intempestivo”. Palabras de Karmy, profesor en la Universidad de Chile, palabras que explican, justifican y animan a derribar todo lo constituido: las estatuas, las iglesias, los nombres de las plazas, las paredes limpias, los centros culturales, las policías, los buses, la PSU, los bancos, el metro, las farmacias, las municipalidades, todo, todo.

¿Coinciden en algo el momento destituyente y el proceso constituyente?

Por cierto.

Para ambos, hay unos puntos focales: el 26 de abril, el 25 de octubre (eventual elección de convencionales) y, por último, aquel día en que esa posible asamblea constituyente entre en funciones.

Pero los objetivos visibles que los destituyentes tienen respecto de cada uno de esos hitos son muy distintos de los que los constituyentes esperan de ellos.

Para el conglomerado destituyente, el primer objetivo es evitar el plebiscito del 26 de abril; y si llega a realizarse, procurarán actuar con la mayor violencia posible para deslegitimarlo (sea cual sea la opción vencedora); y si llegan a ser electos unos eventuales convencionales, los destituyentes los ficharán y los atacarán con todas su armas, físicas y virtuales; finalmente, si con nada de lo anterior logran destituir, en cuanto se constituya el órgano redactor, se procurará que sea ese, por fin, el momento destituyente que prive a todo el proceso de su escasa legitimidad y lo transforme en “el estallido de la imaginación popular”. Lo que Hernán Corral lúcidamente ha entrevisto, yo me había atrevido a plantearlo en un artículo académico del año 2013, al sostener que “no tendría nada de extraño que la Asamblea Constituyente decidiese permanecer en funciones como garante de la nueva institucionalidad e incluso así lo dispusiese el texto de la Constitución”, aprobada por esa misma asamblea.

El instante destituyente puede ser cualquiera de los descritos. Aunque a sus promotores no les da lo mismo, lo importante es que pueda “arremeter enteramente intempestivo”, por lo que cualquier momento es bueno. Y así, prometiendo “una época enteramente nueva”, logre subvertir los poderes del Estado, eliminar los partidos políticos, suprimir las libertades ciudadanas, confiscar las propiedades y privar a Chile de su alma.

Los promotores del Rechazo y del Apruebo son igualmente conscientes del propósito destituyente. La diferencia está en que para el Apruebo es imposible demostrar que su objetivo no es también destituyente.

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