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Al Diablo con la Élite Hermógenes Pérez de Arce

Al Diablo con la Élite

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          Las élites están desvalorizadas desde que últimamente no le apuntan a una (Brexit, Colombia, Trump, Fillon). Pero para mí, al menos en relación a la élite chilena, su prestigio estaba deteriorado desde mucho antes. Es decir, desde cuando compró completo el paquete de contrabando ideológico comunista en desmedro del Gobierno Militar y luego traicionó a éste, cohonestando la puñalada en la espalda que le dio Aylwin; y más desde cuando, para colmo, eligió Presidente en 2009 a Sebastián Piñera, un opositor a la Junta que se lo “agradeció” acusando a la misma élite de “cómplice pasiva” de delitos como salvar al país del terrorismo extremista cuya primera víctima habría sido ella.
 
          Que Frei Montalva y Aylwin, ya pasado el peligro de 1973, se hubieran dado vuelta la chaqueta contra los militares, después de incitarlos a tomar el poder, era esperable, porque para eso eran DC, un partido bisagra que siempre ha ido de aquí para allá y de allá para acá, buscando dónde más calienta el sol, y que ahora, por supuesto, sigue en eso. Pero que la derecha fundadora de la Patria haya caído tan bajo, después de haberle dado sustento político e ideológico al régimen militar que hizo todo, pero absolutamente todo y al pie de la letra según lo que la derecha propiciaba en materia económica, social y política, fue y sigue siendo más que el colmo.
 
          Esa traición ha sido tan extendida que hoy, en Chile, la derecha leal sólo somos unos pocos y yo, es decir, casi no existe. Esto está probado. He relatado en este blog que me vi forzado a presentar un libro de Andrés Allamand, “La Salida”, donde dice que los únicos sectores políticos actuales son la extrema izquierda (Boric, Jackson, Navarro y similares); la izquierda (PS, PPD, PR); la centroizquierda (DC); el centro (Velasco y Lily Pérez); y la centroderecha (UDI, RN, Evópoli, PRI). ¿Y la derecha? Nada. Bueno, ahí donde no queda nada estamos los pocos del viejo tronco conservador y yo, sosteniendo la defensa de la vida y la familia, la libertad, la propiedad, el orden público y las buenas costumbres y juntando firmas para el único precandidato de derecha, José Antonio Kast. Todos agradecidos del Gobierno Militar y de su Misión Cumplida, a mucha honra. 
 
          Aclaro que los de la derecha inexistente secundum Allamand ya no contamos para nada con la élite, pues hemos comprobado que es la primera en comprar el balurdo izquierdista de lo “políticamente correcto” y tragárselo completo. 
 
La anterior es la frase fundamental y motivación de este artículo: es la gente más rica, más culta, con más extensos estudios, la que compra más diarios y ve más debates en TV, la que se hace eco más rápido de las consignas comunistas. Casi no hay ex derechista (hoy “centroderechista) que no repita junto con Allamand, Lavín, Felipe Kast, Lily Pérez y similares, que “el Gobierno Militar violó sistemáticamente los derechos humanos”, lo cual es una gran mentira. Pero la mentira es lo que hoy vale, y Chile es la mejor prueba. Acá se hace realidad el aserto de Goebbels de hace ochenta años: “Una mentira repetida mil veces pasa a ser verdad”.
 
Yo he probado hasta la saciedad que después del 11 la Junta y su Presidente ordenaron a todas las Comandancias de Guarniciones del país que respetaran los derechos de las personas, bajo apercibimiento de sanción. Luego, no hubo “atropello sistemático de los derechos humanos”. Es verdad que en los primeros días, entre septiembre y diciembre de 1973, cuando se produjeron el 60% de todas los muertes bajo el Gobierno Militar y cuando Frei Montalva y Aylwin (y por supuesto la derecha) lo defendían urbi et orbi, imperó el bando del mismo día 11 que expresaba que cualquiera que fuera sorprendido enfrentándose con armas a las nuevas autoridades sería ejecutado en el lugar de los hechos. Y en ese final de año 1973 hubo 1.500 muertos a manos de las Fuerzas Armadas y Carabineros y 300 muertos a manos de la guerrilla. Fue cuando se produjeron los enfrentamientos mayores y también cosas que la Junta no supo ni pudo controlar, como las muertes en Lonquén a manos de civiles y carabineros rasos que actuaban por su cuenta contra anteriores abusadores marxistas; también los fusilamientos ilegales que un comandante y oficiales menores decidieron por sí y ante sí, sin órdenes superiores ni conocimiento de la Junta, en La Serena, Antofagasta y Calama. Era la inevitable lucha irregular a que los políticos habían convocado a los militares, y los inevitables excesos. Yo mismo vi durante días después del 11 a un guerrillero muerto en el sexto piso de un edificio de la CORFO que quedaba una cuadra más arriba de “El Mercurio”, en calle Compañía, que había sido abatido por los militares y, como todavía el nuevo gobierno no había conseguido las llaves del edificio, ni siquiera podían retirar el cadáver. Seguramente hoy figura en el sesgado Informe Rettig como víctima de “atropello a sus derechos humanos”, pero en realidad fue un terrorista abatido por las fuerzas del gobierno tal como los norteamericanos, israelíes o rusos liquidan hoy a los terroristas que los amenazan y tal como el ganador del Premio Nobel de la Paz, Barack Obama, liquidó al terrorista Osama bin Laden, para luego arrojar sus restos al mar (lo que Hillary y Trump llamaban al unísono "brought to justice" ("traído ante la justicia").
 
Las “élites habladoras”, como las llamó el historiador Paul Johnson, se tragaron la consigna del “atropello sistemático de los derechos humanos” contra la Junta y  la han transformado en verdad en Chile; y por eso Allende, que admitió a más de diez mil extranjeros en armas y armó a otros tantos chilenos para tomarse el poder por la fuerza, matando a quienes se les opusieran (y desde luego, a los primeros de todos, los altos jefes militares y también la malagradecida élite) tiene hoy un monumento junto a La Moneda. En cambio, la Junta que nos salvó de eso, rescató al país, lo convirtió en “la joya más preciada de la corona latinoamericana” y le devolvió la democracia, no tiene ninguno.
 
A un obrero o a un empleado de clase media es mucho más difícil venderles las consignas de la izquierda que a los profesionales, postgraduados y millonarios de la élite. En todas las encuestas norteamericanas esta última clase dorada estaba contra Trump. Toda la “gran prensa” se le fue encima, como acá se le ha ido encima a la Junta en general y a Pinochet en particular. Fue la gran masa media y baja, la dueña del sentido común, la que le dio el triunfo a Trump y la que, acá, mantiene más lealtad al Gobierno Militar.
 
          Allamand, vocero de la élite de “centro derecha”, también escribe, por supuesto, de las “sistemáticas violaciones a los derechos humanos” supuestamente perpetradas por el Gobierno Militar. Pero esa consigna no tiene ninguna base real y el pueblo no se la traga, y por eso en 2006 hizo fila desde la una de la madrugada (cuando logró llegar desde el fin de su trabajo a Colón con Vespucio para ponerse en la fila) hasta las nueve de la mañana, en que pudo llegar y rendir tributo a Pinochet en la Escuela Militar cuando murió. Me lo contó la modesta señora que vende espárragos en Padre Hurtado con Kennedy, que lo hizo. Es la voz del pueblo, que no sale en los diarios ni la TV, dominados éstos por el pensamiento “políticamente correcto” (es decir, de izquierda) con sus tomos completos de falsificaciones de la historia y de la realidad.
 
          Allamand encuentra “patético” a un héroe de nuestro tiempo, el diputado Ignacio Urrutia (UDI), por rendir homenaje en la Cámara a la memoria de Augusto Pinochet. Es decir, opina igual que el diputado Jaime Bellolio, candidato a presidir la UDI, que protestó contra ese homenaje y que en los ’80 trabajaba en la Vicaría de la Solidaridad, el brazo jurídico del FPMR y del MIR, que mataron a los 47 uniformados caídos entre 1978 y 1986 cuyas fotografías republicamos el 11 de septiembre pasado en “La Tercera” como homenaje a su sacrificio por la Patria (lo que provocó una contramanifestación dentro del mismo diario de sus periodistas de izquierda).
 
          Como la derecha oficialmente no existe, los que pertenecemos a ella ya no aparecemos en los debates televisivos. Referí en este blog cómo me habían convidado primero y luego desconvidado al programa de TVN “Más Vale Hablar de Ciertas Cosas”. Entonces decidí verlo: estaban Consuelo Saavedra, DC o izquierda, no sé bien, pero no más acá que eso; Matías del Río, ídem ídem; Sebastián Edwards, ex extrema izquierda bajo la UP (alguna vez repartió armas en las poblaciones junto a Pacheco Matte, según confiesa en sus memorias), y aunque ahora está de vuelta y defiende bastante la economía de mercado, les demanda a RN y la UDI que se “alejen de Pinochet”; Patricio Navia, analista de izquierda que también viene de vuelta y que en 2009 adhirió en inglés a Piñera, aunque hoy, aparentemente, está arrepentido de eso (lo digo como elogio); y una panelista morena, atractiva y joven, pero absolutamente de extrema izquierda, cuyo nombre no retuve. Es decir, ahí no sólo no había nadie de derecha, sino ni siquiera de la “centroderecha” de Allamand. Así se maneja lo opinión pública. Así se informan las élites. Y por eso cuando ellas hablan de política y se refieren al pasado, sólo repiten las consignas de la izquierda.
 
 
          Y pese a todo eso, a Allamand, a los debates de TV y a que ni siquiera formemos parte del espectro político, según el experimentado político, nos negamos a dejar de existir.

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