Carta de Carlos Iturra a Guillermo Teillier Despierta Chile

Carta de Carlos Iturra a Guillermo Teillier

Por Carlos Iturra El Mostrados 17 Junio 2015

Estimado señor Teillier:

Me permito distraer su tiempo esperanzado en recabar respuesta competente para una sospecha que, como mero estudioso o incluso aficionado, no puedo resolver sin las corroboraciones adecuadas. Referida a la doctrina o ideología marxista y a su manifestación comunista, esa sospecha la despiertan personas a las que oigo expresar ya sea el temor, ya la confianza —preferentemente esto último, que estimo ingenuo o desinformado— de que “el comunismo ha cambiado, se ha modificado en forma esencial, se ha modernizado, ya no es el de antes, ha aprendido las lecciones de la historia, no es un peligro como otrora”, etc.

Mi sospecha, por lo que sé de esa ideología y por la observación de su comportamiento presente nacional e internacional, es que tal cambio no solo no ha ocurrido, sino que no puede ocurrir. Me baso, más que en la ausencia de documentos oficiales que certifiquen tal cambio, y más que en evidentes actualizaciones y acomodos propagandísticos, estratégicos, tácticos, en que el marxismo es un “sistema”, una filosofía sistemática —aunque rechaza el mote de filosofía, más aún la metafísica, y se proclama ciencia—, es decir, un edificio conceptual en el que no es posible quitar el cuarto piso, ni reemplazar cimientos, sin que el total se venga abajo o cometa incongruencia.

Para concretar esta interrogante, sin centrarla en términos técnicos tales como materialismo dialéctico, plusvalía, negación de la negación, etc., objeto de interpretaciones, dentro de cierto marco, que involucran contenidos de ardua comprensión para no especialistas y que diversas corrientes contemporáneas han matizado o hecho más funcionales (ello, v.g., entre otras materias especialmente “culturales”, por las Escuelas de Frankfurt y Birmingham, Antonio Gramsci, etc.), optaré por plantearla conforme a pronunciamientos políticos más concretos y de cuya asertividad es posible obtener respuestas menos ambiguas, a la vez que proporcionar al ciudadano corriente información más clara sobre los efectos que tendrían en su vida cotidiana, práctica, y en el acontecer político.

Veamos. Para Marx, “el motor de la historia es la lucha de clases”, de acuerdo a las contradicciones originadas por las formas de producción y a las relaciones de propiedad. Parece de toda evidencia que este fundamento es imposible de cambiar y mantiene plena vigencia.

Para Marx, “la violencia es la partera de la historia”, violencia estructural capitalista o revolucionaria. Más aún, el comunismo cree —recientemente lo reiteró la diputada Vallejo, si no yerro— que “todas las formas de lucha son legítimas”, sin descartar ninguna. Lo cual parece lógico: difícil concebir la lucha de clases llevada hasta revolución proletaria “sin —como decía un humorista alemán— pisar el césped”.

La alternativa de alcanzar el poder usando la democracia “liberal burguesa” para implantar la revolución desde arriba, método que no asegura la continuidad posterior de esa democracia, como lo prueba la elección democrática de Hitler o incluso de Allende, no significa que se descarte la vía “violenta”, inherente a toda revolución, si el método democrático fracasa. ¿Hay cambio en esto?

La consigna de “agudizar las contradicciones”, consistente, por si no resulta obvio, en “echar leña a la hoguera”, es a simple vista fuente de discordias, pero, por lo mismo, indispensable para propiciar la revolución. Presumiblemente, tampoco en esta materia el comunismo ha cambiado, a menos que hubiera perdido su rumbo y su norte. Agudizar las contradicciones, azuzar los conflictos, también equivale a repudiar el consenso en aras de lo que ahora se da en llamar disenso, “modernización” de lo que antes era simplemente lucha de clases. Otra modernización no menos accesoria es la de la arrogante consigna según la cual la revolución correspondía a “la marcha inexorable de la historia, de acuerdo a leyes científicas” —y encabezada por el Partido, “vanguardia organizada del pueblo”—, sustituida por la ahora en uso, más modesta y poética: hay que luchar por la “utopía” y los “sueños”. Parece una renovación cosmética, amigable, y del todo irrelevante, ya que da igual si la dictadura proletaria se implanta con la convicción de que se cumplen pronósticos científicos o con la fe de que se materializan sueños. Tampoco se usa “proletarios”: o se extinguieron, o el término quedó obsoleto. No es claro su reemplazo: hoy suena mal y hasta disgusta.

Como nada se mantiene con mayor firmeza que el ideal de la revolución, sobra inquirir si hay cambios al respecto. Quizá sea menos superfluo preguntar si la “dictadura del proletariado” que vendría a continuación sigue siendo necesaria: ¿es así, no? ¿Ha cambiado la forma de entender cómo regiría la sociedad? Tiene lógica que la revolución implique el reemplazo de la “democracia liberal burguesa” por la “democracia popular”, so pena de que, al mantener la primera, la revolución pierda después algunas elecciones y deba devolver el poder o retenerlo por la fuerza, siendo lo primero impensable pues, una vez obtenido, la sola idea de su devolución resulta incoherente con los demás principios. Esa “democracia popular”, ¿ha dejado de significar un sistema de partido único, en el que las elecciones, cuando hay, se limitan a seleccionar candidatos del Partido —que en el congreso, ya eliminado el “parlamentarismo” burgués, realizan votaciones siempre unánimes, como se ha visto y ve en los países comunistas marxista-leninistas—?

Igualmente, legitimadas todas las formas de lucha —para qué enumerar, “todas” quiere decir… todas, incluso mentira y disimulo—, preservado el ideal revolucionario y la dictadura proletaria, en fin, conservado el precepto de que la violencia es la partera de la historia, las recientes palabras de Fidel Castro reafirmando que “los derechos humanos son una invención burguesa” vienen a resultar obvias, puesto que llevar el proletariado a la revolución y eliminar la burguesía junto con el capitalismo serían empresas inviables si hubiera que respetar los derechos humanos de pueblos e individuos: conteos confiables le atribuyen cien millones de asesinados. Las penurias vividas por comunistas en países, como el nuestro, que han desbancado la revolución, los hacen figurar como defensores privilegiados de tales derechos, pero sin mucha suspicacia cabe pensar que solo protegen los suyos, y no, según lo expuesto, los de todos. Solo resta, así, coincidir con Castro y sus antecesores: los derechos humanos son un invento de los burgueses destinado a protegerlos de la violencia revolucionaria. Después de todo, esos derechos fueron proclamados por la Revolución francesa, revolución burguesa por excelencia contra elancien régime.

En cuanto a que “la religión es el opio del pueblo”, elocuente anatema, no se ve de qué forma pudiese atenuarse, ni qué cabida podría dar a Dios y al espíritu una cosmovisión rigurosamente materialista: que haya comunistas creyentes o religiosos marxistas poco influye, pues hace tan escaso sentido como ser vegetariano sin dejar de comer carne.

Al capitalismo, naturalmente, lo reemplazan la economía centralizada y planificada, la propiedad estatal de los medios de producción y la requisa general de los que estén en manos privadas, ¿no? Según el Manifiesto comunista, la libertad que conocemos solo sirve al burgués y, consecuentemente, debe suprimirse en aras de la igualdad. La libertad de expresión, prensa, movimiento, cesan. La sentencia de Allende: “El deber supremo del periodista de izquierda no es servir a la verdad, sino a la Revolución”, ¿rige pre y post revolución?, y su desobediencia post ¿se castiga severamente? Allende, marxista-leninista confeso, gobernó intentando todo lo expuesto: ¿permanece el leninismo en la doctrina o “cayó en desgracia”? Aunque para este misterio la solución debe ser muy teórica….

Posiblemente, muchas de estas interrogantes se resuelvan con respuestas tipo “ya se verá en su momento” o “todo dependerá del país en que ocurra”, pero eso conlleva una perfecta inseguridad sobre lo que hará el marxismo una vez empoderado y reinante; por lo demás, a causa de la dinámica propia de su accionar, justifica el temor de que se llegue nuevamente a los extremos padecidos en el imperio soviético, Cuba, Corea del Norte.

Es interesante observar que, si el marxismo —y su órgano beligerante, el Partido Comunista— hubiera experimentado modificaciones esenciales, bien podría sacudirse la calificación de dogmático que recibe y que ha llevado a compararlo con una religión atea, quedando apto, a cambio, para postular con mejores argumentos a la condición de ciencia que tanto ha reclamado para sí, en la medida que dichos cambios podrían permitirle aprobar el examen de “falsabilidad”, actual criterio para decidir si una idea o teoría sobre cualquier fenómeno puede aspirar al prestigio de la ciencia, y que consiste en comprobar su disposición a ser sustituida por otra idea o teoría que dé mejor explicación del mismo fenómeno. En la medida en que esa idea o teoría no está dispuesta a ser objeto de duda, como la religión, la astrología o el psicoanálisis, solo queda llamarla pseudociencia. Pero por otra parte, si un sistema filosófico cambia en aspectos sustanciales, aceptando que hay otras explicaciones que la superan en asuntos medulares e incorporándoselas, más le vale cambiar también de nombre. Tras la caída soviética, un considerable porcentaje del marxismo pareciera haber caído a su vez en la búsqueda de una formulación acorde a los tiempos, y está dando como quien dice palos de ciego, pero en la medida en que abre espacio a la duda —“uno de los nombres de la inteligencia”, según Borges— reduce, junto con el dogmatismo tradicional, el ímpetu requerido para el desafío que significa el desencadenamiento de la sociedad sin clases.

Es claro que, desde la desaparición de “El Vaticano” comunista —El Kremlin soviético—, se perdió la instancia jerárquica que brindaba unidad ideológica y respondía por la homogeneidad del Partido. También es clara la diferencia que hay entre marxismo e influencia marxista, esta última presente en muchos planos que se distancian progresivamente de la doctrina original, como ocurre con buena parte de los llamados “estudios culturales”. Justamente en este plano hay un cambio a nivel doctrinario, pero ignorándose hasta qué punto es asumido por todo el marxismo, y que tiende no a morigerar las facetas más controversiales de la ideología sino, por el contrario, a hacerla más efectiva, cual es el dejar de considerar la cultura como superestructura del sistema capitalista, y por tanto despreciable, para pasar a considerarla eficaz agente de las ideas marxistas: con ello ha logrado colonizar en gran medida la cultura y las artes, y además, salvar en algún grado la contradicción presente en Marx que sin querer dejó su propio pensamiento como un producto superestructural de los modos de producción de su época —y, por ende, un hijo más del capitalismo, efímero y condicionado como todo fenómeno cultural—.

Un último aspecto complejo de las interrogantes que me permito plantearle acerca de presuntos cambios de la ideología, es, en suma: ¿quién responde por ellos? Si no es el Partido, ¿no se trata de opiniones carentes de respaldo efectivo, y que terminarían, en caso de revolución, como terminaron las disidencias en la Revolución de Octubre, subsumidas o aniquiladas por el rigor ortodoxo? Más aún: si ha habido cambios, ¿dónde constan, cuándo se adoptaron, qué autoridades los aprobaron…?

Confío que su respuesta será de suma utilidad para los ciudadanos que, con honestidad intelectual y responsabilidad política, buscan saber sin eufemismos a qué atenerse. Seguramente usted discrepará de algunas afirmaciones mías, algunas le parecerán erradas —no sería raro—. Puede que me pase lo mismo con su respuesta. Pero de la tesis versus la antítesis el lector podrá extraer, en consciencia, una síntesis fundamentada.

Agradecido desde ya por la atención que pueda brindar a estas inquietudes, lo saluda atentamente,

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