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Desconcierto ciudadano

Blogs El Mercurio Pablo Rodriguez Grez

No es exagerado afirmar que los chilenos vivimos una etapa de desconcierto, en que los canales políticos tradicionales parecen no funcionar, al extremo de recoger una ínfima adhesión ciudadana. La división tradicional del espectro electoral se basa en la distinción entre partidos y movimientos de izquierda, de derecha y de centro. Sobre este esquema, aún hoy, se construyen todas las opciones ofrecidas al país.

La lucha política, con los vastos instrumentos propagandísticos de que se dispone, y de los cuales se abusa con frecuencia, desfigura cada una de estas tendencias, presentando a la derecha comprometida con la explotación y la riqueza; a la izquierda, con el aplastamiento de la libertad y el estatismo; y al centro, como un eje que oscila entre las dos corrientes anteriores, sin comprometerse ni con una ni con otra. Es difícil descubrir las raíces de estos tres tercios, porque todos los partidos parecen empeñados en trastrocar el escenario. A nuestro juicio, la explicación es compleja y radica en un fenómeno sociológico. De hecho, todos hemos sido encasillados bajo el pretexto de la distribución de los recursos económicos, estrategia impulsada, además, por la consigna marxista de la "lucha de clases" y la acción soterrada de la rebeldía y el rupturismo.

De este modo, los sectores de menores ingresos terminan identificados con las colectividades políticas de izquierda; los sectores medios, con los partidos de centro; y los sectores de mejor situación patrimonial, con la derecha. Grandes agrupaciones políticas (como el Partido Radical, el Partido Agrario Laborista y la Democracia Cristiana), cuando conquistaron el poder (1938, 1952 y 1964) fueron expresión de la clase media e, indiscutiblemente, manifestación entonces de la voluntad popular mayoritaria, pero ello ocurrió hace más de medio siglo, y el tiempo no pasa en vano ni vuelve atrás.

Lo que la escasa élite política (dirigencia y militancia) no comprende, en este momento, es que la triple división, que tanta importancia tuvo hasta hace 50 años, ha experimentado una transformación evidente y positiva, desdeñando las consignas y promoviendo exigencias sociales y económicas necesarias para mejorar la calidad de vida de la población. El Estado está dejando de ser el altar ante el cual se sacrifica la libertad, la iniciativa privada y la unidad y estabilidad de la familia, para encarar y resolver las deficiencias propias de la etapa por la cual atravesamos (salud, seguridad ciudadana, educación y previsión social).

A la inmensa mayoría le importa poco cuál es la etiqueta de los candidatos, lo que sí interesa es saber de qué manera se abordarán estos desafíos, cuáles son los sacrificios que demandarán al país, y cómo podemos sumarnos a una estrategia de desarrollo acelerado, unido a una más justa distribución de los beneficios del crecimiento. El Estado es el llamado a priorizar estas políticas, habida consideración de la sempiterna escasez de los medios de que disponemos. En dos palabras, experimentamos una revolución social silenciosa, que va más allá de los desfiles y manifestaciones bullangueras, y que responde a las inatajables innovaciones implantadas en Chile a partir de 1973. No cabe duda de que el desconcierto que denuncio es obra de la carencia de ideas y explicaciones claras, bien fundadas y capaces de remontar las dificultades que nos acechan.

A lo señalado hay que agregar un fenómeno especial que tiene sobre todos nosotros una influencia determinante, cada día más decisiva: el avance constante y vertiginoso de la tecnología. El aumento exponencial del conocimiento, la extensión de las comunicaciones, la globalización, el nuevo instrumental científico y productivo, y el mejoramiento del nivel de vida del hombre común, están abriendo paso a otro tipo de sociedad en que las viejas rencillas son casi una anécdota más que una experiencia. Si el mundo está cambiando aceleradamente, nosotros también debemos cambiar con él.

Desde esta perspectiva, la actividad política se empequeñece en la medida en que el mundo avanza. El país está cansado de discusiones menudas que alimentan odiosidades y pequeñeces. Chile debe ser reconducido a lo fundamental, y para ello no hay barreras de clase, partidos estereotipados o populismos de farándula. Es cierto que tenemos graves limitaciones, profundizadas en los últimos años, pero debemos enfrentarlas con un nuevo espíritu que mire el futuro y no quede obsesionado con un pasado que ni siquiera hemos sido capaces de interpretar en su compleja composición. Las próximas elecciones representan una oportunidad capaz de poner fin al desconcierto que nos embarga. Ojalá no la desaprovechemos.

Pablo Rodríguez Grez

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