Esas izquierdas tan admiradas Gonzalo Rojas

Esas izquierdas tan admiradas

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De equipo chico a equipo grande: así se ha mirado a las izquierdas desde la derecha. 

En parte fruto del análisis y en parte consecuencia de un complejo, de una justificación inhabilitante, la derecha firmó su inferioridad desde comienzos del retorno de la democracia.

Y lo hizo a pesar de sostener que se había demostrado que todos los contenidos ideológicos y que todas las acciones políticas de las izquierdas terminan siempre en el fracaso. 

Pero, paradojalmente, desde la derecha se han repetido estas cuatro cosas: las izquierdas tienen más mística, las izquierdas hacen mejor el trabajo político, las izquierdas comunican mejor, las izquierdas controlan las formas, el lenguaje, la cultura. Y esas cuatro aparentes superioridades han operado sobre la derecha de tal manera que no ha sido infrecuente que, desde ella misma, incluso se llegue a promover parte de los contenidos ideológicos y de las acciones políticas de los socialismos.

Se pasó del complejo respecto de lo instrumental a la aceptación de lo fundamental. 

Pero hoy cabe la posibilidad de que desde algunas derechas se entienda que esa admiración por los instrumentos de sus rivales era completamente infundada, que las frases de reconocimiento de esa falsa superioridad no eran más que lugares comunes.

La supuesta mística de las izquierdas hace tiempo devino ya en crematística. Son decenas los ejemplos: la indemnización a los subversivos del MIR porque perdieron el trabajo en su pyme, los sobresueldos en el gobierno aquel, las pensiones y las boletas en el actual, las reparaciones a falsos exonerados, los negociados de este y aquel alcalde... 

El admirado trabajo político de las izquierdas ha encontrado su mejor expresión en la colocación de miles y miles de partidarios en el aparato estatal, para que inspeccionen y fiscalicen; el último juego ha consistido en inventarse facilitadores y otros especialistas en conversación y toma de apuntes. Y al interior de los grupos de mayor vitalidad, las divisiones se multiplican: los autónomos ya se partieron y en RD hay tres grupos perceptiblemente diferenciados.

La eventual eficacia comunicacional de las izquierdas ha terminado fracasando. El episodio Piñera-Astorga ha llevado los afanes de ciertos periodistas a un punto tal que ya no puede hablarse de profesionales comprometidos -una contradicción en sí misma-, sino de periodistas desvirtuados. La sola idea de que "los medios están en manos de la derecha" ha fracasado en toda su grosera falsedad, cuando se presencian tantos casos grotescos de manipulación informativa.

Sí, pero siguen controlando el lenguaje, las formas, la cultura, se afirma. Falso. El lenguaje del insulto parlamentario a la tribuna revela una gran pobreza conceptual; el lenguaje de la ministra Delpiano, quien afirma que no existe una universidad cuya rectora quería firmar contratos de arriendo y buscaba contratar personal (¿para qué institución inexistente?), no se sostiene en la lógica elemental; las formas de los agresores de iglesias, de carabineros, de las opiniones ajenas, expresan esa brutalidad que se abre paso como coordenada cultural. Unos iluminados de izquierda llaman "construcción de una nueva hegemonía" a lo que no pasa de ser la expansión de una nueva pobreza.

Por cierto, no se va a producir un cambio en estos ejes por el solo hecho de que las derechas -en su propia conciencia- se sacudan el complejo de inferioridad y, de paso, reconozcan -en sus declaraciones- las graves falencias paralelas en las mismas materias.

El equipo chico tiene una sola opción: presionar en esos cuatro sectores de la cancha; no dejar respirar a un adversario muy desgastado. 

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