Jaime Guzmán, a 25 años Gonzalo Rojas

Jaime Guzmán, a 25 años

Blog El Mercurio Gonzalo Rojas

El 1º de abril de 1991, la triste tarde del asesinato de Jaime Guzmán, yo estaba trabajando en mi oficina, tranquilamente, a menos de 50 metros de la sala donde él impartía su última clase. No lo vi cuando pasó por secretaría de nuestra facultad, ni me crucé con él cuando bajé hasta el paradero.

Permanecí ahí entre las 18:05 y las 18:13. Los asesinos tienen que haber estado a pocos pasos, pero no recuerdo nada especial de esos instantes en que esperaba tomar un taxi. A las 18:28, más o menos, a Guzmán le dispararon en ese mismo lugar.

No soy pariente de Jaime ni fui su amigo. Apenas estuve tres veces en su casa, pero fueron algo más de trescientas las reuniones en que pude participar de su magisterio. Unas pocas fueron conversaciones personales; tres, cuatro, cinco, quizás.

Eso fue seguramente lo que hizo que ese lunes 1º de abril no me deparara un encuentro especial con él ni con sus asesinos. Si mi contacto con Jaime Guzmán había sido el de un simple seguidor, la tarde de su muerte no podía entregarme una especie de privilegio final al que otros sí tenían derecho.

Pero ahora, en este marzo del 2016, cumplo 45 años de pertenencia al proyecto que Guzmán iniciara cinco años antes en el mismo lugar de mi trabajo actual: la casa central de la P. Universidad Católica de Chile. Como no tengo parentesco ni tuve amistad, gozo de soltura para hablar con especial libertad de ese proyecto.

Primero, de su relevancia, porque Jaime desarrolló durante un cuarto de siglo uno de los movimientos más notables de la historia republicana de Chile. Más que plasmarlo en documentos, lo forjó en personas. Las buscó directa o indirectamente, una a una; intentó corregir nuestros defectos, nos exigió compromisos y lealtades que solo podía pedir quien tenía títulos de una coherencia intachable. Y eso es de una relevancia única, porque la gran mayoría de esas personas hemos intentado por décadas seguir sirviendo a Chile, incluso 25 años después de la desaparición de nuestro líder. La gran mayoría, no todos, por cierto.

Segundo, de su claridad conceptual, porque el núcleo del pensamiento guzmaniano es tan simple y potente que atrae a quienes preferimos una mirada doctrinaria (pocas cosas intransables encarnadas en personas que él quería irreductibles) por sobre los que buscan sistemas completos y cerrados de la A a la Z. Me encojo de hombros cuando unos u otros afirman que hoy Guzmán estaría diciendo otras cosas. Y contesto: depende en qué. En lo fundamental diría lo mismo; en lo accidental, por cierto que habría buscado nuevos aterrizajes.

Tercero, de su eficacia práctica. La actividad de Jaime Guzmán fue infatigable, desprendida, valiente y versátil como se conocen pocas en la historia nacional. ¿Cuántas personas pueden hoy en Chile enseñar en un aula, debatir ante las cámaras y redactar un proyecto constitucional con igual eficacia en los tres ámbitos? Y ese vértigo sereno lo inyectó en cada una de sus fundaciones. Había que hacer el bien todos los días, a fondo, sin claudicaciones. Por eso su proyecto busca hoy nuevos caminos, quizás nuevas instituciones.

Esa tarde el taxi me llevó a mi casa, me cambié de ropa y me fui a una reunión de una fundación alemana. La noticia se supo rápido: habían atentado contra Jaime Guzmán. En la radio de un quiosco, antes de bajar a la estación de metro Universidad de Chile, confirmé lo imposible: Jaime se moría. Hasta Los Leones, un suplicio; ya dentro del hospital, el final de la esperanza.

Y fue ahí mismo, en el hall del hospital Militar de entonces, que oí de los labios de Augusto Pinochet -directamente, no me cuentan cuentos- las palabras definitivas: "falleció, falleció".

Pinochet estaba demudado, destrozado.

Desarrolló durante un cuarto de siglo uno de los movimientos más notables de la historia republicana de Chile. Más que plasmarlo en documentos, lo forjó en personas.

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