La Ética Socialista Gonzalo Rojas

La Ética Socialista

Yo no puedo dudar de la buena intención del presidente del PS, Osvaldo Andrade. Tantas horas compartidas en las mismas salas de clases en Derecho de la PUC me vinculan a él de 

modo personal.

Pero ha sido el mismo Osvaldo quien ha puesto en discusión un tema que me exige superar esos vínculos del pasado: es Andrade quien ha insistido en la importancia de la ética socialista.

Como lo ha hecho a raíz del caso Dávalos, se podría pensar que el negocio inmobiliario del hijo de la Presidenta es -en cuanto desafío ético- toda una novedad para los socialistas, quienes hasta ahora habrían exhibido una trayectoria inmaculada: habrían sido un partido de individuos siempre puros, auténticas vestales chilensis.

¿Esa es la realidad de los socialistas chilenos?

De ninguna manera.

Si se escruta el comportamiento de los más destacados socialistas desde mediados de los 60 a la fecha -o sea, de aquellos que en su mayoría aún viven y están en condiciones de defenderse-, se aprecia que una y otra vez se han manifestado y comportado con total desprecio de la ética natural.

Fueron socialistas los que en 1965 y en 1967, en sus congresos de Linares y Chillán, optaron por la vía armada para llegar al poder en Chile; fueron socialistas los que condujeron un gobierno que procuró la conquista del poder total entre 1970 y 1973. Uno de ellos, Allende, lo buscó desde el Ejecutivo; otro, Altamirano, lo intentó desde la estructura partidista y paramilitar; fueron socialistas los que se aliaron con comunistas y miristas para buscar a través de la vía violenta el derrocamiento del gobierno del Presidente Pinochet; fue socialista el Presidente que no ha podido esclarecer el caso Aulas tecnológicas y validar el caso Sobresueldos; fue socialista la Presidenta que aún no logra aclarar ni sus vínculos con un movimiento terrorista ni el modo en que obtuvo su cualificación profesional; son socialistas cientos, miles de personas que reciben beneficios pecuniarios importantes, después de haber colocado a Chile en 1973 al borde del colapso económico y de la guerra civil; son socialistas cientos, miles de funcionarios públicos que se llenan sus bolsillos a cargo de programas que ingresan cien y reparten treinta y dos.

Eran socialistas Dávalos y Compagnon, quienes prefirieron abandonar la colectividad a dejar el dinero. Si el Tribunal Supremo del PS los iba a investigar a fondo o no, es un misterio, pero está claro que ellos privilegiaron la independencia por sobre la ética socialista; es socialista, obviamente, quien hoy preside el PS y sostiene que los procesos judiciales sobre dinero y política deben seguir adelante, "caiga quien caiga", pero que no aplica ese criterio en los conflictos político-terroristas previos a 1990, porque estima que en esas causas solo deben caer los militares; son socialistas algunos parlamentarios que apoyan la despenalización de la droga, del aborto, de la eutanasia, consecuencias obvias de una ética que se resume en "qué nos importan los más débiles, si no votan".

Andrade ha insistido en que estamos en un marasmo -lo que significa algo así como una cierta inamovilidad en lo moral-, pero esa palabra no resulta adecuada en esta situación. No estamos en un caso de inamovilidad moral, sino, por el contrario, de alta exigencia ética, y es en esta instancia donde la moral socialista no sirve, no se valida por sus datos.

Por cierto, todos los seres humanos fallamos. Pero lo importante es con qué vara se miden esos errores. La medida del socialismo es ambigua, variable, acomodaticia.

Por eso las personas comienzan a manifestar abiertamente su rechazo a las más connotadas figuras del socialismo mediante un simple "no le creo a esa ética".

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