La Verdad Desterrada Hermógenes Pérez de Arce

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          Hoy aparece en “El Mercurio” una inserción firmada por el oficial (r) de Ejército Marcelo Marambio Molina, presidente de la asociación de los que fueron cadetes de la Escuela Militar entre 1968 y 1972. Yo sé lo que cuesta una inserción pagada en ese diario y por eso atribuyo a la generosidad y al número de esos egresados que haya sido posible su publicación.
 
          Lo que ella dice es que el oficial (r) Marambio debe entrar ahora a cumplir una condena de diez años y un día por un hecho en que participó, en octubre de 1973, por orden de un superior, no obstante haberle representado a éste tal orden. No da más detalles. Ni siquiera dice que el proceso judicial en su contra, que lo lleva a ser encarcelado por diez años y un día, es completamente ilegal e inconstitucional.
 
          Aparte de la ausencia de relato de los hechos, llama la atención, en la inserción firmada por el oficial (r), el grado en que él se desvincula de la gesta del 11 de septiembre de 1973 –e implícitamente lo hacen, junto con él, los cinco cursos de cadetes a los cuales presidía y que financian la inserción-- como si aquella fecha hubiera sido una efemérides negativa para el país, a la cual todos ellos tuvieron que plegarse sólo por un deber de obediencia a la disciplina militar que les era impuesta por sus superiores: “Somos los chivos expiatorios –dice la inserción— de un Gobierno Militar que los subtenientes de la época no buscamos ni provocamos”. ¿Se nos van al campo adversario los propios "soldados del '73"?
 
          Y ni una palabra para el completo abandono actual del estado de derecho respecto a los militares (r), que lleva a condenar a éste a 10 años y un día. ¿Qué les pasa a los “soldados del ‘73”? ¿Lo mismo que a más del 90 % de los chilenos?
 
          Entonces, ante la falta de información, primero recordemos los hechos: en el regimiento “Atacama” de Copiapó, en octubre de 1973, había un grupo de presos de extrema izquierda, uno de los cuales (un dirigente socialista de edad) comunicó al abogado que lo defendía en el juicio de tiempo de guerra, que se estaba preparando un intento de fuga y temía ser víctima de los disparos de los militares si aquél se concretaba.
 
          Al saberlo, la autoridad del regimiento dispuso el traslado de los trece presos al regimiento de La Serena, donde había instalaciones más seguras.
 
          El traslado se hizo en la noche del 15 al 16 de octubre y, según informó el capitán a cargo, Patricio Díaz Araneda, hubo un desperfecto del vehículo en la cuesta Cardones, lo cual aprovecharon los presos para intentar fugarse. Ello dio lugar a disparos de los uniformados que los trasladaban y a las muertes de los trece detenidos. Eso es lo que relata el informe del capitán Díaz Araneda.
 
El original de ese informe se extravió y no está agregado al proceso, pero éste lo cita por estar reproducido en la página 151 del libro “Los Zarpazos del Puma”, donde tiene fecha 17 de octubre de 1973. 
 
          Pero en la página anterior del mismo libro, la 150, está reproducido el oficio del comandante del regimiento de Copiapó, con fecha 16 de octubre, al encargado del cementerio local pidiendo sepulturas para los 13 muertos durante el traslado de la noche anterior. Es obvio entonces que las muertes tienen que haberse producido en la noche del 15 al 16 y no en la del 16 al 17.
 
          ¿Y qué importa todo eso? Importa, porque en Chile siempre todos están buscando a alguien a quien echarle la culpa y ése, en nuestro tiempo, tiene que ser Pinochet. Como también está probado en el proceso que la comitiva del general Arellano, delegado del general Pinochet, llegó el 16 de octubre a las 20 horas a Copiapó, la única manera de echarle la culpa de las 13 muertes de la noche anterior era ponerles a éstas una fecha posterior, el 17, y así lo hicieron la autora de “Los Zarpazos del Puma” y el juez del proceso y lo hacen ahora, según me ha sorprendido comprobar, los propios “soldados del ‘73”, que pertenecieron entre 1968 y 1972 a la Escuela Militar.
 
Pero, sabemos, “para mentir y comer pescado hay que tener mucho cuidado”, y tanto la autora del libro como el juez que la citó se olvidaron de que en la página anterior a la 151 en que le pusieron fecha 17 al extraviado oficio del capitán Patricio Díaz, que ordenó los fusilamientos por fuga, habían citado el oficio del comandante del regimiento, de un día antes, pidiendo sepulturas para los 13 fusilados de la noche anterior, que era las del 15 al 16. Y si hay algo indiscutido era que en esta última noche la comitiva de Arellano estaba todavía en Santiago.
 
          Yo estoy agotado de tanto sostener que si el 16 de octubre el comandante del regimiento pidió 13 sepulturas, los fusilamientos tuvieron que haberse perpetrado en la noche anterior y no en la siguiente. Pero esta verdad evidente por sí misma impide echarle la culpa a Pinochet, porque en la noche del 15 al 16 su general delegado estaba todavía en Santiago y, por tanto, no podía estar ordenando fusilar a 13 en Copiapó. Y como ya todos lo necesitan a él para echarle la culpa, la verdad debe ser definitivamente desterrada.

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