Lucha de clases Gonzalo Rojas

Lucha de clases

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Si alguien piensa que el Partido Comunista está retrocediendo 50 años al insistir en la lucha de clases, está muy equivocado. Para los comunistas hoy la lucha de clases no es una profecía como lo era hasta los 70: saben que se han equivocado en todas sus predicciones y que, a pesar de lo tontones que somos los derechistas, los hemos pillado en el fracaso de sus visiones. Tampoco la lucha de clases es en la actualidad un programa de acción dirigido a las masas: el PC es consciente de que las clases sociales hoy no existen, que la movilidad todo lo ha convertido en una gran majamama nacional, en un totum revolutum en el que cada uno de nosotros es algo o mucho de los demás, lo que deja a los comunistas sin poder impulsar acciones de unos contra otros. Ya no se sabe quiénes somos unos y quiénes somos otros.

Parar a Ricardo Lagos, ese es el objetivo. Los comunistas necesitan algún revulsivo, algún punto de quiebre al interior de los partidos de la coalición de gobierno, para que la mayoría de ellos no cierre filas con Lagos, un candidato al que el PC detesta (Vallejo ha vuelto a prometer que no votará por él; ya lo había dicho respecto de Bachelet). La lucha de clases es el único y definitivo criterio que puede hacer que socialistas, parte de los PPD y un segmento de los radicales abandonen a Lagos y se inclinen por Allende. Los comunistas saben que en esas izquierdas -y lo han comprobado con las reacciones de apoyo que han recibido desde esos sectores en estos días- hay una permanente disposición a cultivar el odio, que expresiones como "la retroexcavadora" o "los chupasangre" calzan perfectamente con la visión que el PC tiene de los conflictos sociales.

Si los comunistas experimentan hace un tiempo una oculta envidia por la radicalidad revolucionaria de autónomos o anarquistas (envidia llena de rencor), también saben que ese mismo vicio -envidia- lo han experimentado siempre respecto de ellos los izquierdistas algo más tibios. Los comunistas entienden que todavía pueden pautear a sus socios y que quizás consigan correrlos hacia sus posiciones. Llevan dos años haciéndolo en el gobierno Bachelet: ¿por qué no seguir aplicando la misma estrategia que ha dado resultados, y con mayor razón ahora, en una situación de vida o muerte respecto de su permanencia en el poder?

La apelación a la lucha de clases es hoy, por lo tanto, solo un recurso estratégico del PC: es el reactivo que puede conseguir que la DC aparezca como reaccionaria al negar el conflicto social, y que socialistas, PPDs y radicales caigan mansamente en la dialéctica comunista al afirmarlo. En ese contexto de división de los partidos bacheletistas, obviamente Lagos decidiría ni asomarse a la escena, la DC se quedaría por lo tanto sin el candidato que hoy puede salvarla, participaría con Ignacio Walker en unas primarias en que resultaría perdedora por paliza y, finalmente, el PC lograría quedarse dentro de una coalición de izquierda casi tradicional, que presentaría a Isabel Allende para disputar la presidencia.

Los comunistas saben que están a punto de quedar fuera del gobierno -si gana Lagos o gana Piñera-, pero no van a rendirse así como así.

Por cierto, no abandonarán su empeño por atizar conflictos sectoriales en la salud y en la educación, en la empresa y en el vecindario; seguirán uniendo fuerzas para incendiar La Araucanía o movilizar a los animalistas, a las minorías sexuales, a otros indigenistas y a los ecologistas. Pero nada de eso les importará definitivamente, porque su lucha, la que hoy los obsesiona, es... parar a Ricardo Lagos Escobar.

¿Cuál es el objetivo entonces de la referencia a la lucha de clases que el PC está incluyendo en sus textos preparatorios del XXV Congreso? 

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