Solo un Partido ¡No! Gonzalo Rojas

Solo un Partido ¡No!

Por Gonzalo Rojas

Si el senador Andrés Allamand propone la conformación de un partido único en la Alianza, es porque ha llegado a una conclusión certera: las actuales colectividades

no lograrán sortear con dignidad la próxima elección parlamentaria. Hombre de olfato, animal político, sus instintos lo llevan a vislumbrar el peligro.

El nuevo sistema electoral a la medida de la izquierda, la intervención descarada que los gobiernos de este signo suelen practicar, la desafección de los votantes aliancistas; en fin, las enormes dificultades que encontrarán para financiarse, todo eso hace de la UDI y de RN dos marcas con fecha de vencimiento a noviembre de 2017.

El diagnóstico de Allamand es certero y coincide con lo expresado en este espacio hace ya un año: los dos partidos actuales no dan para más.

Pero la solución propuesta por el senador no es la correcta.

Un nuevo partido que reúna a los dos vigentes -o a los cuatro, más Evópoli y Amplitud- no será más grande, ni más fuerte, ni más proyectivo. Suena bien la unidad, pero se practica pésimo si no hay máximos comunes.

Y no los hay.

Pueden quejarse y patalear todos los que viven fuera de los márgenes de la política partidista -o sea, casi todos los electores de la Alianza-, pero para los que han militado en alguna de las cuatro colectividades es una verdad fácil de fundamentar: entre ellas apenas hay mínimos comunes.

Tres mentalidades, tres tipos de convicciones, tres modos de votar se cruzan entre sus militantes. Una Declaración de principios unitaria sería un imposible, a no ser que fuese una jalea. Sí, se sirve jalea de postre a los enfermos, pero los sanos no se van a sentir muy atraídos. ¿Cómo podrían estar cómodos en un mismo partido los liberales autonomistas, los conservadores subsidiaristas y los socialcristianos solidaristas? ¿Se imagina una bancada común integrada por personas de esas tres miradas, por ejemplo, frente a la despenalización de ciertas drogas? Es cosa de mirar lo que ya ha sucedido con el divorcio y con el AVP. No es política ficción, es historia política.

Los pasados personales y las miradas históricas con relación a la crisis de nuestra democracia dividen también a los actuales aliancistas. Los hay fieles a la presidencia Pinochet, los hay tránsfugas y los hay detractores genuinos. ¿Sería admisible que la unidad se rompiera con el próximo minuto de silencio o con la próxima denuncia de los colaboradores como cómplices?

Y ni hablar de las diferencias personales y personalizadas. Una buena cantidad de UDIs no tragan a ciertos RNs; la mayoría de los RNs no soportan a la gente de Amplitud; a determinados UDIs los pinochetistas -ojo, esa especie sigue vivita y coleando- no les perdonan sus claudicaciones; Amplitud abomina del pinochetismo.

Si se quiere un partido con una lista electoral potente, podría ser que la fórmula funcionara, por una vez. Se lo montaría desde arriba, desde los intereses electorales de los candidatos hacia unos votantes a los que se buscase reencantar con la unidad. Pero si se quiere un partido con militancia comprometida, con proyecto sólido, con posiciones coherentes en los procesos legislativos, justamente ahí se descubre que o se organiza de abajo hacia arriba, o es inviable.

¿Y qué hay abajo, en esas 50 mil personas que podrían interesarse de nuevo en la política? La existencia de tres sensibilidades, de tres mentalidades, de tres proyectos diferenciados y que solo pueden confluir parcialmente, a veces en esto, a veces en aquello.

El temor a la proliferación de seis u ocho iniciativas es real, pero no se evitan esos riesgos con una falsa unidad, sino encauzando una triple diversidad. Con una Gran Convención, no con un pequeño cónclave.

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